3 de enero de 2007

No hay que ser visionario para saber qué no va a pasar


Cuando Jaromir Hladík yacía aprisionado en un acantonamiento en las riberas del Moldau esperaba su fusilamiento mientras acopiaba horas, minutos, segundos… Su imaginación acometía cientos de ejecuciones que se archivaban con detalles en su mente, revivía una y otra vez el hecho, preveía cada posibilidad de cambio y cada improbable variante para eliminar la contingencia. Pretendía burlar el miedo a lo desconocido, quizá familiarizarse con la idea de muerte para que una vez llegado el momento del disparo no temiera. Así, Hladík reflexionó coincidentemente como yo lo hice alguna vez: la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda.

Un Hladík iluso hubiera querido imaginar Todas las posibilidades para que simplemente el fusilamiento nunca se concretara. Desafortunadamente para Hladík sólo había dos posibilidades:

A) Siguiendo con la reflexión planteada, el fusilamiento no coincidiría con ninguno imaginado, y el saber esto no eliminaría el miedo, lo cual era el objetivo inicial.

B) Pronosticaba en vano aquel instante ya que, finalmente, si pensaba Todas las posibilidades, alguna de ellas acabaría por ser profética y el imaginar cuál de ellas sería la real sería una tortura terrible y además una vuelta al inicio (como si ninguna hubiese sido imaginada por carecer de certeza alguna sobre otra).

La primera es fiel al presupuesto planteado y más posible. Vale decir que esta idea es jodidamente certera (o mejor, digamos de imprecisión diminuta) aunque nunca absoluta. Lo cierto es que, en mi experiencia, nunca he podido desmentirlo. Hay que “esperar lo inesperado” siempre. Si yo creyera en Guy de Maupassant, quien dijo alguna vez que “la dicha está sólo en la esperanza, en la ilusión sin fin”, ay, qué desgracia sería mi vida entonces.

30 de diciembre de 2006

Interludio


Contemporáneo a Stalin, temió ser parte de la “caza de artistas” del régimen. Nunca supo que era considerado por Stalin como un Durodi o, en la tradición rusa, una especie de tonto iluminado o sabio loco con facilidad para decir las verdades más descarnadas y con quien es mejor no meterse. Hubiese usado su cama para dormir de haberlo sabido. Shostakovich alcanzó la fama –previo reconocimiento, ya que son cosas muy distintas- a partir de sus Sinfonías de la Guerra (5ª, 6ª, 7ª y 8ª).

Un día poco placentero me topé con una música que oscilaba siempre entre lo trágico y lo irónico. La identificación fue instantánea; así, fiel a la devoradora depresión que me arremetía en ese entonces, instauré una hegemonía musical Shostakoviana que se mantuvo también durante mi estancia en “El Milagro” (hacienda cañavalera donde la desgracia no llega y, por lo tanto, tampoco la tranquilidad). Su Sinfonía N° 10 en E menor, op. 93 es el mayor intento musical por cambiar la naturaleza humana a un estropajo de mitades indeterminadas y profundamente consagradas en la sensación. Mi buen amigo Serafio, con su comprometido carácter estrafalario, la definió como yo hubiese querido: la copulación del cielo e infierno.

El centenario del nacimiento de Dmitri Shostakovich se ha celebrado en el mundo con una fervorosa gira de Valery Gergiev junto al desempeño de la Mariinsky Theatre Orchestra, Wiener Philharmoniker, London Symphony y la Rotterdam Philharmonic. Por aquí hubo un impecable recital del Cuarteto de Cuerdas Lima de la PUCP que interpretó el Quinteto para piano, 2 violines, viola, violoncello, el Cuarteto N° 8, op. 110 (simplemente brutal), entre otros.
No creo poder encontrar a un semejante compositor en todo el siglo XX. A veces en los peores momentos se encuentran las mejores cosas.